martes, 28 de agosto de 2007

EL HOMBRE SIN CUERPO

Por Pablo Díaz

El proceso para sumergirse por completo en su misma piel no fue fácil. Había probado muchas maneras de hacerlo, entre ellas la autohipnosis y el sueño provocado, pero eran esencialmente diferentes a esto. Se había aislado del mundo. Él era él, lo que él pensaba y lo que él sentía sobre sí mismo. No había marcha atrás. Era así para siempre. Cuando digo siempre me refiero a una eternidad o a una milésima de segundo. Él tenía la entera disposición del tiempo. Podía dilatarlo a su antojo.

En unos primeros momentos quiso contar los latidos de su corazón con el fin de tener una referencia sobre el tiempo que transcurría fuera de su cuerpo. Setenta latidos por minuto, cuatrocientos veinte latidos seis minutos, quinientos latidos, setecientos latidos... Y luego minutos. Era una tarea agotadora. “Mientras cuentas no piensas”–se dijo. Trató de visualizar alguna imagen y le resultó muy complicado. Aquello que uno hace cuando sueña no es fácil provocarlo en un estado de conciencia y si no hagan la prueba. Cierren los ojos e intenten visualizar algo. Inténtenlo un par de segundos y lo comprenderán. Había que empezar por algo más sencillo, por colores. Los colores además, así, solos, tienen algo de artificial que al ser humano le resulta cercano y accesible. El color en sí es la abstracción de una percepción compleja: colores, luces y formas. El color es un artificio, un amigo.

Puso su mente en verde, en rojo, en azul, en negro, en blanco. Jugó con los colores hasta poder combinarlos a placer. Cuando supo construir imágenes pasó a pensar en sonidos. De igual manera aprendió a oír los sonidos que imaginaba. Después fueron los olores, las sensaciones tactiles, los sabores. Logró por fin una perfecta conexión entre la imaginación y la percepción. Sentiría lo que quisiese. Ahora frío o calor, dulce o ácido o una mezcla exquisita. Consiguió estar debajo de las cataratas del Niágara cubierto por una casa de cristal.

Su mente, cada vez más ágil, podía crear ya más de cinco pensamientos por latido de corazón. Los catalogó. Ideó un método sencillo para asociar a cada uno de ellos una figura geométrica. Un cuadrado, un triángulo, un hexágono... representaban razonamientos lógicos, mientras las distintas curvas simbolizaban las sensaciones y percepciones básicas. Empezó a jugar. Imaginaba diferentes figuras planas para inferir su contenido. Algunas le parecieron anodinas o estúpidas, otras fascinantes y muchas de ellas simplemente absurdas. Cuando tuvo suficiente habilidad como para pensar y sentir la idea con sólo visualizar la figura amplió en una dimensión el espacio. Ahora las formas eran tridimensionales, la riqueza infinita. El proceso inverso –la descomposición de una idea en sus partes elementales y su asociación geométrica- le resultó sencillo. Pronto automatizó el mecanismo. En el interior de esa mente sólo estructuras que se creaban y se desvanecían a una velocidad vertiginosa. El tiempo se estiraba tanto que entre latido y latido podían caber los pensamientos y las sensaciones que una persona corriente tiene a lo largo de un día. Vivía más de doscientos años al día. Una eternidad tras otra aprendiendo a aprender a aprender aprendiendo.

En otro universo hermético, fuera de aquel profundo ser, al lado de una cama en un hospital, entre un amasijo de tubos y un aparato para respirar aunque uno no quiera, dos o tres personas lloraban a un hombre tumbado, enfermo.

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